sábado, 8 de febrero de 2014

Sabor a langostino

Por fin, después de días y días intentándolo, lo has conseguido. Te ha invitado a cenar. Estás nerviosa, mejor dicho, muy nerviosa. Te sudan las manos, te tiemblan piernas y manos y tu corazón está a punto de salir de tu pecho. En apenas unos minutos Pablo llegará a recogerte.
Llaman al telefonillo y corres hasta el para descolgar. Gracias a la cámara, que éste tiene, puedes ver su gran sonrisa, además de sus nervios, ya que juega con sus manos y se muerde el labio inferior con afán.
-¿Sí? - Preguntas feliz.
-Soy yo, Miriam. ¿Bajas?
-Dame un minuto. ¿Quieres subir?
-No, gracias. Aquí te espero.
-Vale. - Susurras con una amplia sonrisa inundando tu cara. Te miras una última vez al espejo para retocar el color rojizo de tus labios. Perfecta. Coges el bolso y sales de casa sin más ropa que tu vestido blanco de algodón ya que, al estar en verano, hace calor.
Ahí está. Te espera paciente apoyado sobre su coche mientras lee Twitter y favea. “Qué amor de hombre." No se imagina la cantidad de sonrisas que puede llegar a sacar con un simple FAV.
-Buenas noches, Pablo.
Levanta la vista de su iPhone y te mira con una gran sonrisa de esas que te vuelven loca.
-Buenas noches, mi niña.
Sonríes y dejas que, de la mano, te invite a subir a su coche.
Realizáis el camino hasta el restaurante callados, mirándoos cómplicemente de vez en cuando.
-¿Vamos? - Te pregunta cuando llegáis mientras te ofrece su mano para salir del coche.
-Por supuesto.
Entráis y, en seguida, os acompañan hasta vuestra mesa y llegan a tomar nota de lo que vais a pedir.
-Una botella de vino, por favor. - Pide él.
-¿Y para cenar?
-Langostinos.
-Una ensalada. - Respondes.
-Perfecto.
Mientras esperáis la cena os miráis y sonreís sin parar como dos enamorados.
-Aquí tienen.
Os ponen las cosas y él, tras servir vino en vuestras copas, comienza a pelar langostinos con el tenedor y el cuchillo.
-¿Quieres? - Te pregunta sonriente al ver que le miras ensimismada.
-No, gracias.
-Que sí, tonta. Ten.
-No, Pablo.
-¿No te gustan?
-No es eso...
-¿Entonces?
-No sé pelarlos... - Dices vergonzosa. Empieza a reír y notas como tus coloretes comienzan a coger un color rojizo.
-Yo te enseño. Ven aquí. - Te dice dándose una palmada en la pierna para invitarte a sentar sobre ella. Dubitativa, vas hasta él y te sientas sobre sus piernas.
-Mira, se hace así.
Comienza a enseñarte pasito a pasito con paciencia y una gran sonrisa.
-Ahora tú.
-A ver...
Coges un langostino y comienzas a pelarlo como el te acaba de enseñar pero, salpica y le manchas la camisa blanca. Él, al ver el incidente, comienza a reír sin parar y tú no sabes dónde meterte porque todo el mundo os está mirando.
-Perdóname, Pablo...
-Ey, mi niña, no pasa nada.
-Sí pasa, soy una torpe y te he man...

Y, entonces, te besa para callar todas las tonterías que estás diciendo, quedando impregnada de ese sabor a langostinos.

jueves, 16 de enero de 2014

Caramelo.

Caminamos por la orilla de la playa dados de la mano mirándonos. Sonriéndonos. Besándonos. Queriéndonos. Deseándonos.
-Pablo. – Susurro.
-Dime, mi niña.
-¿Hacemos un juego?
-¡Claro! ¿Qué quieres que hagamos?
-Quiero que me lleves a caballito corriendo por la playa.
-Eso no tienes ni que pedirlo.
-El juego no es solo eso, luego te tengo que llevar yo. Gana quien aguante más tiempo con el otro a cuestas.
-Como quieras. Pero te advierto que yo peso mucho, ¿eh, pequeña? – Me responde riendo, lo que provoca que saque a pasear una de esas sonrisas que me dejaron loca desde el primer segundo que las contemplé.
-Y yo le advierto a usted, Señor Moreno, que estoy muy fuerte. Mire. – Digo sacando bola mientras intento mantener la risa ya que, él, me observa con una cara de esas raras suyas tan asdfghjklñ.
-Eres perfecta, mi niña. – Dice besándome delicadamente tras rodearme por la cintura para acercarme a él. Tras unos segundos en otro mundo, me separo rápidamente de él y cojo impulso. - ¡Que voy! – Grito riendo ya que está totalmente desprevenido pero, con tal de no dejarme caer, hace lo que sea. Así que, realiza un movimiento raro y me subo a sus hombros. Me agarra fuertemente de las piernas y yo me agarro a su cuello para no caer. – Vamos Señor Moreno, ¡más rápido! O… ¿le pesa el culo? – Digo para picarle sin parar de reír. Entonces, empieza a correr mientras se ríe, con lo que, enseguida, se queda sin aire y cae al suelo quedando aplastado por mí.
-¡Tramposa!
-Solo un poco.
-Por tu culpa ahora estoy lleno de tierra.
-Con que por mi culpa, ¿eh? ¡Pues ahora verás!
Cojo un puñado de arena y se lo hecho por el pelo haciendo como si es el champú y le estoy lavando el pelo.
-¡Para!
-¡No quiero! ¿No soy una tramposa?
-No te enfades, mi niña, si sabes que te quiero muchísimo. – Me dice a la vez que me coge suavemente de las muñecas para pararme.
-¡Suéltame!
-¿De verdad te has enfadado?
-No me hables, tonto.
-No me lo puedo creer. Mi pequeñaja enfadada conmigo.
-¡Eso! Tú ríete de mí. – Le digo a la vez que le doy un suave puñetazo en el hombro.
-Mira que eres boba.
-Pero me quieres.
-Más que a mi vida. – Me dice apartando los mechones de pelo que caen por mi rostro rebeldes a causa de la suave brisa marina para, después, besarme sin prisa. – Umm… Sabes al helado de caramelo que comiste antes…
Río y le saco la lengua. Adoro cada pequeño detalle suyo porque me sacan las más sinceras sonrisas.
-¿Sabes a qué me recuerda eso, Pablo?
-Dime.
-Quiero hacerle el amor al compás de la marea… - Le respondo a la vez que comienzo a besarle con un toque de pasión. - ¿Y si hacemos lo que dice la canción? – Le pregunto pícaramente a la vez que introduzco lentamente mis manos por debajo de su camiseta para terminar quitándosela.

-Y poco a poco me desnuda sobre la arena...