[1/3] Estás
nerviosa, por no decir muy, muy, muy nerviosa. Te ha invitado a salir con él a
cenar. Aún no te lo crees, todo parece un dulce sueño. Sois mejores amigos
desde la infancia pero, hasta hace unos pocos meses no te diste cuenta de que
lo que sentías por él era más que amistad, porque estabas cegada por otro
hombre que solo te hizo daño. Desde aquel momento él no te dejó sola ni un solo
segundo. Siempre ha estado ahí, pero estos últimos meses aún más porque sabía
que le necesitabas más que nunca. Ahora estás enamorada de él, bueno, es mucho
más que eso. Por él te irías al fin del mundo si hiciese falta. Lo único malo
es que no sabes si él siente lo mismo que tú. Piensas que esta cena es para
hablar de ello pero no quieres hacerte ilusiones porque no quieres volver a
sufrir de nuevo.
Te levantas
de la cama, donde estás sentada con el portátil viendo vídeos suyos porque,
además, eres alboranista, y vas hacia el armario para escoger la ropa que vas a
ponerte. Es primavera, con lo que por las noches se está bien sin tener que
llevar mucha ropa. Miras los cuatro vestidos contados que tienes en el armario
y, finalmente, decides que te pondrás un vestido negro de encaje que queda por encima
de las rodillas y marca perfectamente tu figura.
Vuelves a la
cama y posas el vestido a la vez que pones música en el portátil. Después, te
diriges hacia el baño para darte una ducha y prepararte.
Te miras al
espejo. Llevas el pelo liso y algo de maquillaje, sin pasarte. ¿Estoy bien así? Tus nervios aumentan
por segundos al pensar que no vas a gustarle y, por primera vez desde hace
mucho tiempo, te llevas los dedos a la boca para morderte las uñas. Cuando te
das cuenta de ello, suspiras relajadamente y vuelves a la habitación para
terminar de prepararte ya que está a punto de llegar.
El ruido del
timbre te sobresalta. Es él, estás segura. Sientes tu corazón en un puño. Te
tiembla todo el cuerpo pero, aun así, abres la puerta con una amplia sonrisa.
-¡Guau,
Ruth! - Te dice boquiabierto. - Estás preciosa.
-Anda, no
exageres. Tú sí que vas guapísimo.
Y es verdad.
Lleva un traje negro acompañado de una camisa blanca, lo que le queda
espectacularmente bien.
-No mientas.
A tu lado parezco una piltrafilla.
Te ríes ante
su comentario y coges tu bolso para no hacerle esperar más.
Camináis
hacia el ascensor y entráis en él. El poco tiempo que tardáis en llegar abajo
se te hace inmenso, ya que estás muy nerviosa y, las sonrisas y miradas
cómplices que os dedicáis, solo consiguen que lo estés aún más.
Cuando salís
del ascensor, os vais del edificio y camináis uno al lado del otro hasta llegar
a su coche que está aparcado a unos pocos metros del portal. Te abre la puerta
como un caballero y tú se lo agradeces con una gran sonrisa mientras entras al
coche y te pones el cinturón para esperar a que entre él. Arranca y enciendes
la radio para relajarte un poco. Entonces, escuchas esos acordes que tan bien
os conocéis ambos y sientes como tu cuerpo se tensa para controlar esas
lágrimas que están a punto de brotar de tus ojos. Esta canción siempre te
consigue emocionar y si, encima, le tienes a tu lado, pues ya ni te cuento.
Te das
cuenta de que tararea su canción cuando le miras y es entonces cuando no puedes
aguantar más las lágrimas. Recuerdas cuando te la cantó por primera vez y
rompiste a llorar en sus brazos y todas esas veces en las que te la ha cantado.
Entonces, el coche se para porque el semáforo está en rojo y él te mira. Se da
cuenta de que estás llorando e intenta cambiar de emisora, pero tú se lo
impides. Te mira y te atrae hacia él para abrazarte mientras seca tus lágrimas
con las yemas de sus dedos.
-Tú y tú y
tú... - Susurra en tu oído terminando la canción, lo que te pone la piel de
gallina. Eso sí, ahora estás mucho mejor. Te separas de él y le regalas un
rápido beso en la mejilla antes de que arranque porque el semáforo se ha puesto
verde. Sonríe y tú le imitas.
Al poco
tiempo llegáis al restaurante. Aparca y camináis de la mano hasta la entrada
del restaurante, donde hay un camarero que os indica vuestra mesa. Como es todo
un caballero, retira tu silla y te deja sentarte. Después va a su sitio y se
sienta enfrente de ti. Charláis un rato hasta que llega el camarero y pedís la
cena.
-Ruth, te he
traído a cenar aquí porque esté sitio me trae muy buenos recuerdos y así me
siento arropado para decirte lo que llevo años callando.
-Pablo, me
estás asustando. ¿Qué pasa?
-Uff, es que
no sé ni cómo decírtelo. Es muy difícil para mí… Ruth, prométeme que pase lo
que pase no te vas a ir de mi lado.
-Te lo
prometo. Sabes que yo voy a estar siempre ahí, Pablo.
Te coge con
cuidado las manos y las envuelve con las suyas. ¿Qué le pasará?
-Verás… Hace
un par de años me di cuenta de que lo que sentía por ti era algo más que
amistad pero lo callé por temor a estar equivocado, a que tú no sintieras lo
mismo… Hice bien porque al poco tiempo tú empezaste a salir con aquel tipo que lo
único que te hizo fue daño. A cada segundo callaba mi amor por ti mientras moría
por dentro al verte feliz con él ya que quería ser yo la persona que te hiciera
feliz. Ahora, después de todo este tiempo he decidido ser valiente y confesarte
mi amor. Puede que con ello solo consiga caer al abismo, pero al menos lo habré
intentado.
¿De verdad me está diciendo todo
esto? ¿No estoy soñando? Para comprobarlo, agarras fuertemente sus manos. No, no estoy soñando.
-Pablo… -Es
lo único que puedes decir.
-Ya sé lo
que me vas a decir. He sido un estúpido al decirte todo esto y…
-Shhh – Le dices
inclinándote hacia delante para rozar sus labios con los tuyos. – Tú no eres
ningún estúpido y, si eso, eres mi estúpido. –Dices recalcando ese mi.
-Pero…
-Ya sé. Sé
que te parece extraño que te diga eso, pero es la verdad. Cuando lo dejé con
Hugo tú me ayudaste a superarlo como mi mejor amigo que eres pero, yo, poco a
poco me iba dando cuenta de que empezaba a sentir algo más por ti. Tal vez no
debería habérmelo callado y…
-Ya está. Ahora
lo importante es que estamos juntos, ¿o no?
-Sí.
Volvéis a
besaros. Esta vez con más intensidad que la vez anterior. Amor. Pasión. Cariño.
Cientos de sentimientos en un solo beso.
Cenáis y,
después, dais un corto paseo por el parque cercano al restaurante abrazados.
Cada dos pasos paráis para regalaros otro beso fugaz.
Finalmente,
os dirigís hacia el coche y te acompaña a casa.
-Buenas
noches, mi niña. –Te dice apoyado en el marco de la puerta. Te lanzas a sus
brazos y le besas una última vez antes de que se vaya.
-Te quiero –Le
susurras al oído.
-Te quiero –Te
responde.
Observas
como se aleja hacia el ascensor y, antes de entrar en él, te lanza un beso.
Cuando desaparece, cierras la puerta y caminas hacia tu habitación con una
amplia sonrisa en tu cara para dormir, cosa que no sabes si lograrás ya que
todos los momentos vividos hoy no te dejarán de tanta felicidad que desprenden.
